¿La ética en el perfil profesional?

Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)

En ocasiones los postulantes a un trabajo omiten considerar la connotación de la “ética” en los criterios vigentes en la selección de personal. Cada vez más empresas, en el escenario mundial, están comprometidas con este tópico. En tal sentido, este aporte intenta demostrar su irrefutable valía en el “identikit” de un profesional del siglo XXI.

Para empezar, reitero lo sustentado en anteriores textos: la interiorización de la “ética” otorga realce, prestigio, credibilidad e incrementa la favorable imagen de quien la exhibe; brinda mejores oportunidades de ascenso y colocación en el mercado laboral; constituye un axiomático elemento positivo en el currículum vitae, a partir de los valores expuestos en el comportamiento mostrado en la esfera profesional. Entendamos y tomemos en consideración su inmensa repercusión.

A mis alumnos sorprende mi aguda afirmación en la primera sesión de clase de mi asignatura Ética Profesional: “Su aplicación se ve amenazada cuando concurren hombres y mujeres titubeantes, miedosos, de escasa autoestima y acostumbrados a seguir el curso de acción establecida por la mayoría. Ésta exige una fortalece interior no siempre percibida en sociedades laceradas por la penuria moral; demanda aplomo y osadía”. En otro momento añado: “Es imposible ser un idóneo profesional, prescindiendo de ser, primero, un sobresaliente ser humano. Entendido como su bagaje de principios, intereses, aspiraciones y actos. Es parte de nuestro ADN”.

Sin embargo, concurren innumerables candidatos a un puesto que la perciben como un asunto ajeno a estos procesos y subestiman su importancia. Con asiduidad oímos comentarios tendientes a asumirla con cierto simbolismo, idealismo e incluso como carente de efectiva utilidad en el desempeño laboral. Es una mirada absolutamente alejada de la realidad y desconocedora de los estándares progresivamente implementados a nivel empresarial.

Sugiero situarla como una cualidad encaminada a marcar la diferencia en relación al proceder general. En determinadas circunstancias es difícil convertirla en un talento: requiere seguridad, valentía, convicción y sólida autonomía en las decisiones adoptadas. Aconsejo a los jóvenes explotar este componente en una entrevista de trabajo y, especialmente, cuando surgen algunas de las siguientes interrogantes: ¿Puede comentar algo de usted? ¿Qué lo diferencia de otros postulantes? ¿Puede explicar sus virtudes? ¿Sustente una razón por la que debemos contratarlo?

Al responder estas incógnitas se debe recrear una exhaustiva introspección y contar de forma concisa una situación específica para ejemplificar un momento en el que haya empleado ciertos valores. La connotación de estas preguntas es más amplia, compleja y significativa de lo imaginado. La “ética” propia influye en la consolidación de la “ética” corporativa y en la óptima reputación organizacional. Define la relación en el ámbito laboral e incide en la percepción de sus disímiles audiencias. También, es un “termómetro” de los valores corporativos.

Recomiendo acudir a las entrevistas con una nítida visión de sus destrezas y fortalezas, no solo referidas a sus habilidades duras, como sucede con frecuencia, sino conociendo sus cualidades éticas y aprovechar los atributos de éstas. Tiene un vínculo directo en el cometido profesional. Por ejemplo, llevar a cabo quehaceres altruistas y filantrópicas como acciones de voluntariado, orientados al bien común, es una magnífica credencial que expresa valores como la solidaridad, la empatía, etc. -que servirán para afianzar los rasgos del postulante- o explicar situaciones resueltas, en la esfera personal o profesional, que han planteado conflictos morales.

Las actuales tendencias obligan a mirar la “ética” con practicidad, realismo, competitividad y por ende alejada de planteamientos y posturas filosóficas y teóricas. Ello no significa soslayar el alcance de su estudio académico con la finalidad de contar con mayores elementos de análisis acerca de su evolución histórica hasta nuestros días. Un profesional robustece su trayectoria gracias a una acreditada conducta caracterizada por normas, como la equidad, la justicia y la tolerancia, encauzadas a enriquecer su reflexión al adoptar decisiones.

Su incuestionable utilidad induce un ambiente probo, respetuoso, íntegro, honesto y responsable, lo que implica cumplir las tareas asignadas, acatar las regulaciones de la empresa, proyectar un sano entendimiento y mantener la confidencialidad de la información sensible. Es decir, aporta al exitoso clima interno, a la cohesión, integración y fidelización de los colaboradores y, por lo tanto, refuerza énfasis la cultura corporativa.

Tengamos la audacia de incluir la “ética” como la imprescindible brújula inspiradora en nuestra actuación en las más variadas funciones humanas. Vienen a mi mente las lúcidas palabras que me fueron escritas por uno de los peruanos más ilustres del siglo XX en el Perú, Felipe Benavides Barreda (1917-1991): “Ética, como todo en la vida, es la mayor fuerza que tiene el hombre para defender la vida”. Su connotación es un intenso soplo de esperanza en el noble e imperativo afán de concebir profesionales con valores propensos a asegurar un inestimable desempeño en las organizaciones.(*) Docente, comunicador y consultor en protocolo, ceremonial, etiqueta social y relaciones públicas. http://wperezruiz.blogspot.com/

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