¿Extinción del pensamiento crítico?

Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)

En reiteradas ocasiones constatamos la carencia de reflexión, análisis, perspicacia y, especialmente, de una respuesta analítica frente a temas y situaciones de la vida cotidiana. Pareciera que integramos, envueltos en el pretexto de los apremios del día a día, una comunidad influenciable, engañada y víctima del “efecto rebaño”.

¿Qué es el “pensamiento crítico”? Es una destreza encaminada al estudio, observación y sometimiento de un juicio disconforme de las premisas presentadas en un determinado contexto. Significa rechazar aceptar ideas, de manera absoluta e irrefutable, para buscar la sustentación, la lógica y la coherencia tendiente a configurar discernimientos fundamentados, resolver problemas y evitar sesgos. Es una introspección discordante.

La docencia me posibilita apreciar, con preocupación e indignación, la lacerante dimensión de su orfandad en las nuevas generaciones y una censurable resignación ante esta insuficiencia. Sin ambigüedades los exhorto, en cada jornada académica, a meditar en este aspecto inspirado en el afán de contribuir a despertar la erudición de jóvenes afectados por una sociedad renuente a alentar estas condiciones.

Aunque mis aseveraciones perturben, incomoden o generen repercusiones, perennemente pregunto a mis alumnos: ¿Creen qué a sus padres, a sus profesores, a sus jefes, a los políticos y los líderes sociales les conviene que, cada uno de ustedes, sean hombres y mujeres censores e inconformes? La contestación es negativa: es arriesgado e impertinente despertar el criterio, la discrepancia y el ingenio intelectual. Por el contrario, se propicia el estancamiento general de manera transversal y sostenible. Cavilar es “peligroso”: estimula la sublevación, la controversia y la autonomía del ser humano.

Me impacienta constatar una visible renuencia al “pensamiento crítico” al considerar como válidas inferencias, versiones o ideas antojadizas, apartadas de todo cuestionamiento, evaluación y profundización. En tal sentido, de modo concluyente, éste debe insertarse en el sistema educativo. Hemos perdido la aptitud argumentativa y renunciado a descubrir -a partir de utilizar las habilidades pensantes- nuestra propia verdad. Vienen a mi mente las sabías expresiones del poeta español Antonio Machado Ruiz: “Tu verdad, no; la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

Sin embargo, recomiendo animar su desarrollo como resultado de superar prejuicios, poner en duda “veracidades” irrefutables, indagar e investigar acerca del asunto sobre el que se desea tener una postura documentada y, además, confrontar las fuentes y dialogar -de forma alturada- con quienes representan puntos de vista opuestos. Conviene aprender a cuestionar supuestos propios y ajenos, analizando inconvenientes y dilemas desde múltiples perspectivas.
Se ha desatendido u omitido la autorreflexión tan conveniente al momento de adoptar una posición y tomar resoluciones. Constato que, frente a temas complejos, desde una mirada ética, jurídica, histórica y científica, como la legalización de la marihuana, el aborto, la pena de muerte, el matrimonio igualitario, la eutanasia, entre otros, subsiste un simplismo escalofriante, reprochable y expresivo de la censurable penuria imperante. ¡Lamentable!

Me parecen ausentes de razonamiento afirmaciones como: “respete mi opinión”, “todo el mundo lo hace”, “se ha normalizado”, “así dicen”, para justificar su exigua seriedad, indagación y sustentación. Al respecto, coincido con la acertada aseveración del filósofo ibérico José Antonio Marina Torres: “…Pero, la respetabilidad de las opiniones depende del contenido de las opiniones. Y puede haber opiniones estúpidas, opiniones blasfemas, opiniones injustas, opiniones racistas. No, no, respete usted mi opinión (me dicen las personas). La respeto o no la respeto. Depende de cómo sea su opinión. Las opiniones deben venir acompañadas, si quieren que las tomemos en serio, de la argumentación de esa opinión”.

¿Por qué evadimos desarrollar el “pensamiento crítico”? Coexisten motivaciones culturales, influencia familiar y social, insuficiente voluntad e inexistencia de búsqueda de la veracidad. Concurren, reitero, un conformismo penoso y neurálgico. Empero, nos incumbe hacer algo. Tenemos la obligación de impulsar el cambio que abra las puertas a la sublevación de las ideas. ¿Difícil?, probablemente: no imposible.

Entre otros componentes se nutre de la cultura, la información y de la amplitud de exploración. Es un proceso de examen de lo sucedido a nuestro alrededor. Pero, seamos conscientes: constituimos una comunidad alejada de la sapiencia que, incluso, mira con indiferencia y menosprecio sus extraordinarias virtudes; impera la superficialidad y la candidez. Se respira la inopia sin el menor remordimiento.

En tal sentido, comparto lo expuesto en mi artículo “Intolerancia e incultura: ¿Una bomba de tiempo?” (2025): “La incultura simboliza la decadencia de la sociedad, limita las posibilidades de evolución, confina interpretar la vida, obstaculiza el crecimiento interior y crea condiciones para la manipulación, motiva frecuentes gestos o actos de imprudencia, entre otros desenlaces. Habitamos un medio en el que ésta prevalece. El ignorante rehúye reconocer sus orfandades y, en consecuencia, asevera lo primero que viene a su mente o lo que dicta su exiguo sentido común”.

Está en cada ser humano insertar el “pensamiento crítico”. He asumido como un desafío, con firmeza, convicción y especial empeño, este propósito en las aulas de clase. Es engorroso cuando se enfrenta al sistema y al auditorio: ambos asociados en una resistencia por momentos incomprensible, reprochable y sórdida. Finalizo citando, con esperanza y expectativa, las palabras del empresario estadounidense Henry Ford: “Pensar es el trabajo más duro que existe y, probablemente, sea la razón por la que tan pocos se dedican a ello».

(*) Docente, comunicador y consultor en protocolo, ceremonial, etiqueta social y relaciones públicas. http://wperezruiz.blogspot.com/

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