La Lima de Sebastián Salazar Bondy

Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)

Con ocasión del aniversario de la “Ciudad de los Reyes” (18 de enero) he releído el espléndido, agudo y documentado libro “Lima la horrible” (México, 1964), del recordado literato Sebastián Salazar Bondy (1924-1965). Esta obra era parte de la vasta biblioteca de mi querido amigo y digno e inspirador político Nicanor Mujica Álvarez Calderón y me fue obsequiada por su viuda, Gloria Astete de Mujica, entrañable dama y amiga.

“Era un magnífico escritor. Era un poeta, autor de teatro, autor de cuentos, crítico de literatura y pintura. Pero, quizá entre todas las cosas que era Sebastián, la más importante para nosotros los escritores jóvenes, fue su labor de gran promotor literario y cultural”, detalló Mario Vargas Llosa (2014). Ambos se conocieron en el Teatro Variedades de Piura -en la década de 1950- y mantuvieron estrecha amistad.

Este relevante ensayo en sus once capítulos presenta las inequívocas desigualdades, inequidades, distanciamientos, prejuicios y los estancamientos culturales en la vida de la capital, enriquecida con la incorporación de las inestimables voces introspectivas de intelectuales nacionales y extranjeros. Es una contribución necesaria y esclarecedora para intentar entender sus arraigados mitos.

Analiza la idiosincrasia del limeño, la arquitectura, los cultos religiosos, la burguesía, la mujer, el criollismo, la música, la pintura, la sátira literaria, la huachafería y comenta la mentalidad colonial vigente. Un acucioso estudio sobre una visión reprobable de la metrópoli y de las caras ocultas y contradictorias de nuestra realidad.

Denomina la “Arcadia Colonial” a esa idealización de la etapa virreynal de la que hace responsable, con especial énfasis, a Ricardo Palma Soriano. Alude lo declarado por Raúl Porras Barrenechea: “El pasado vive y persiste en Lima, y atrae con fuerza innegable”. Afirma que está influenciada por un pretérito colonial y el culto al boato palaciego: “El pasado está en todas partes, abrazando hogar y escuela, política y prensa, folklore y literatura, religión y mundanidad”.

Cuestiona el desorden urbanístico, la exigua convivencia social, la contaminación atmosférica -ocasionada por la actividad automotriz e industrial- y la tugurización urbana y apunta: “Se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir”. Interesante coincidencia con Hipólito Unánue, en su volumen “Observaciones del clima de Lima y su influencia en los seres organizados, en especial el hombre (1806), acerca de las implicancias ambientales y meteorológicas en la salud humana.

Aborda la temática del criollismo. Despliega un recuento de la evolución del significado del término “criollo” -desde tiempos coloniales- y concluye que “resulta así sinónimo de costumbrista”. Expone la “viveza criolla” como ese innoble comportamiento en beneficio personal, evasivo de las normas morales, tan característico en los conciudadanos y añade: “En homenaje a su picardía, los vivos merecen la indulgencia. Los otros, los que proceden de acuerdo a su conciencia o a la ley, son tontos”.

En seguida comenta: “Hay una palabra proscrita que expresa mejor, más gráficamente, este ‘valor’ inscrito en la singular tabla axiológica del criollo. ¿Qué es esa viveza? Una mixtión, en principio, de inescrupulosidad y cinismo. Por eso es en la política donde se aprecia mejor el atributo. En síntesis, consiste en la flexibilidad amoral con que un hombre deja su bandería y se alínea en la contraria, y en el provecho material que saca, aunque defraude a los suyos, con el cambio”. Es una puntual exposición de nuestro proceder colectivo y de la clase política en particular.

Retrata el “cuadro de estratificación social del Perú” en el que sitúa un país virreynal, decimonónico y contemporáneo. Presenta la “gran burguesía con pruritos nobiliarios” y a la pequeña burguesía -en la que prevalece lo social antes de lo económico- a la que considera “masa trabajadora expoliada y segregada”. Un sector que, con la llegada de la industria, obtuvo provechos “a través de la banca creada por ella misma”.

El atributo de “horrible”, reincide, depende del contexto en el que estemos a fin de juzgarla y de los códigos empleados para “medir sus defectos y vicios y a quiénes sentemos en el banquillo de los acusados. El objeto de estas páginas es vindicar a la ciudad de la deplorable falsificación criollista y condenar, en consecuencia, a los falsos monederos”.

Expone a las “grandes familias” abundantes en frivolidad, vanidad y riqueza: “A diferencia de las contumaces oligarquías de otras naciones no han tardado en cambiar, cuando fue preciso y en la región que la exigió (Costa es casi capitalista e industrial; la Sierra permanece aún feudal), de fuentes de poder y riqueza. Al sobrevenir el auge del guano apartaron sus delicadas pituitarias de oro excrementicio, pero se hicieron guaneras mezclándose con los parvenus y ganando en la operación nuevas rentas”. Éstas viven de “espaldas” al drama nacional y a los “mestizos sin esperanza”; sin embargo, atesoran con pretensión su admirable legado en sus modernas residencias “con el espíritu del anticuario o el avaro que acumula valores estables”.

Censura la indiferencia, el escaso sentimiento de pertenencia y la precaria capacidad de sublevación frente a lo establecido. Pone de manifiesto la aplastante reacción negativa del entorno cuando ésta se produce y dice: “No reina en Lima la abierta controversia sino el chisme maligno, no ocurren revoluciones sino opacos pronunciamientos, no permanece el inconformismo, sino que el espíritu rebelde involuciona hasta el conservadurismo promedio”, en concordancia con lo expuesto por Alexander Von Humboldt, en sus sucesivas misivas, durante su estadía en la ciudad (1803).

Explica el crecimiento urbano y el surgimiento de barrios populosos como La Victoria, Breña y Lince y de distritos residenciales: San Isidro, Miraflores y Monterrico. Concluye que todos exhiben una “caótica arquitectura donde el tudor y el neocolonial se codean con el contemporáneo calcado, salvo excepciones, de magazines norteamericanos”. Hace Menciona el hacinamiento de la “masa popular” en tres “especies de horror”: callejón, barriada y el corralón, en los que “se refugian más de medio millón de limeños”.

Reprueba la fingida devoción religiosa: “Como en la ética del pecado conducta semejante conlleva la amenaza de sanción eterna, el limeño recurre cíclicamente, como antes quedó apuntado, a los consuelos de la oración y a la penitencia. Es religioso por reacción, no por acción”. Una narración severa, incómoda y congruente con la carencia de genuinas convicciones cristianas en la que se asume la religiosidad por obligación.

El protagonismo de la mujer está inmerso. Cita un refrán popular: “Lima es paraíso de mujeres, purgatorio de hombres e infierno de maridos”. Más adelante, añade: “…Dueña de tan eficaces instrumentos de dominio como la belleza y el erotismo, soterrado éste al modo de su volcánico fuego, la limeña ha conseguido guardar su tesoro mental para emplearlo después de consumar el destino al que siempre estuvo condenada: el matrimonio”. Formula una inflexible contrastación entre las tapadas y las postulantes al concurso “Miss Perú”: ambas expresan la búsqueda del arribismo social.

Advierte de los falsos orgullos que alimentan nuestra aparente autoestima e identidad y sentencia: “Nuestra historia, aun la más triste, también es un panteón. Nuestra música, otro panteón. El panteón segrega su mentira fantasmagórica y a esa fata morgana estaremos unidos hasta que, mediante el deicidio o la profanación de las tumbas, seamos libres”. Su autor, probablemente, si estuviera vivo agregaría otro “falso orgullo”: el súbito, efímero y frívolo apego a nuestra gastronomía, a través de la que intentamos ocultar lacerantes heridas y complejos inherentes al sentir nacional.

Alude a Manuel González Prada, al que califica como el “primicial reivindicador” de Lima y quien trazó “los lineamientos generales de la heterodoxia limeña”; nombra a “personalidades que pueden ser contrapuestas”: José Carlos Mariátegui y José de la Riva-Agüero y Osma; considera “aventurero cosmopolita y gran rimador” a José Santos Chocano. Ventura y Francisco García Calderón, Luis Alberto Sánchez, José Miguel Oviedo, Martín Adán, José María Eguren, Emilio Romero y Federico More, son algunos de los pensadores a los que hace referencia para coincidir y elogiar o discrepar y rebatir.

“Lima la horrible”, asevera su autor, “no es un libro de historia, pero la historia le conviene para rastrear cuán hondas son las raíces del cuadro social de Lima en estos tiempos”. Es un aporte reflexivo de invaluable alcance a fin de conocer los inocultables y enmarañados desencuentros, elitismos, antagonismos y superficialidades de una metrópoli en la que, deplorablemente y con resignación, hasta nuestros días “aparentar, adular, complacer, uniformar, constituyen reglas de urbanidad”.

(*) Docente, comunicador y consultor en protocolo, ceremonial, etiqueta social y relaciones públicas. http://wperezruiz.blogspot.com/

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