Por: Javier Yoplac (Director)
Se dice que la mayor riqueza del Perú es su gente. Antonio Raimondi, hace más de 170 años, sentenció que nuestro país era un «mendigo sentado en un banco de oro». Hoy, yo afirmo que ese mendigo no solo ha cambiado de categoría; se ha convertido en la puta del mundo. El origen de esta tragedia no es económico, sino anímico: una endémica falta de amor propio que se ha vuelto el punto neurálgico de nuestra desgracia.
Esta herida en nuestra identidad nacional es visible en todas partes. Se observa en el comportamiento ciudadano del día a día, pero se magnifica hasta la perversión en nuestra clase política y empresarial. Son ellos quienes han prostituido a este, nuestro bello y rico país, bajo una ley no escrita: todo se vende, todo se compra, todo se arregla bajo la mesa y al mejor postor.
La clase política, lejos de ser una excepción, es el principal proxeneta de esta transacción. Sus miembros no aspiran al poder para servir al pueblo, sino para servirse a sí mismos y a su entorno. A su vez, sus seguidores actúan como un coro cómplice, defendiendo con uñas y dientes al líder de turno a cambio de la promesa de un trabajo o un negociado. Ante esto, la pregunta es inevitable: ¿quién es peor, el político corrupto o el ciudadano que lo avala por una migaja? El primero busca enriquecerse a costa del pueblo; el segundo, apenas escapar de la miseria que el primero ayuda a perpetuar.
La corrupción ha sido tan normalizada que se ha instituido como parte de nuestra cultura, bajo el lema implícito de «por mi bien, hasta mi casa vendería». Esta renuncia a la dignidad colectiva nos ha hecho un daño inmenso como nación. Sobrevivimos como perros rastreros, esperando las sobras que caen de las ganancias de las grandes empresas, tanto en impuestos irrisorios como en la economía dependiente que se genera a su alrededor.
Este modelo de entrega se consolidó en la era Fujimori, cuando se subastaron empresas estatales a precio de regalo, blindando la entrega con contratos-ley leoninos que hoy son amparados por la Constitución. El resultado es obsceno: los únicos que se enriquecen son los empresarios beneficiados por aquella dictadura, mientras el Perú, el verdadero dueño, queda como un espectador. Nos hace ver como una puta barata que entregó sus joyas a cambio de nada.
Como bien señaló César Hildebrandt, el Perú ha estado secuestrado por una élite de familias que perpetúan la pobreza para mantener su poder. Yo añadiría que no solo la secuestraron: la convirtieron en una mercancía. Promovieron el dogma de que lo privado es Dios y lo público, el diablo. Lo que el pueblo no parece entender es que el aparente progreso del país no nace del conocimiento o la innovación, sino de haberse ofrecido, con las piernas abiertas, a cualquier capital extranjero.
Pero, ¿qué sucederá cuando esta puta envejezca y ya no tenga qué ofrecer? Los capitales emigrarán y la dejarán más siniestrada que Europa después de la Segunda Guerra Mundial.
El panorama político actual no es más que el desfile de los postores y los aspirantes a regentar el burdel. Por un lado, el bloque fujimorista (Keiko, De Soto, López Aliaga) apoyado por el aprismo. Por otro, los herederos del vizcarrismo (Salaverry, Lescano, Guzmán). Y en los extremos, una izquierda dividida con Verónika Mendoza y Pedro Castillo. Todos luchan por una cuota de poder, no para salvar al país, sino para venderlo mejor.
Es inaceptable que, siendo un país tan rico en recursos, nos conformemos con las migajas. El Perú no debe ser un mero recaudador de impuestos; debió ser socio estratégico de las transnacionales para gozar justamente de lo que es nuestro. Ya se enriquecieron demasiados al estilo de quienes reciben concesiones del Estado a precio de regalo. Es hora de parar.
Nuestros antepasados nos legaron una historia mágica y monumentos como Machu Picchu. ¿Qué estamos dejando nosotros a las futuras generaciones? ¿Qué estamos innovando, produciendo o construyendo?
No sigamos usufructuando a nuestro Perú como a una puta mal vendida. Es imperativo que invirtamos en conocimiento y dignidad para que, finalmente, deje de ser la puta del mundo.
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