Historia y reflexiones en el Día del Orgullo Gay

Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)

El 28 de junio se ha conmemorado el “Día Internacional del Orgullo LGTB”, con la finalidad de ratificar las identidades y orientaciones sexuales y de género de las personas homosexuales, bisexuales, lesbianas y transexuales, entre otras.

Una efeméride que cada año concita mayor notoriedad en todas partes del planeta y que tiene como antecedente en la violenta represión policial en el bar Stonewall de Nueva York (junio 28 de 1969). Estos disturbios constituyeron el primer episodio, en los Estados Unidos, de su lucha contra el sistema legal que la perseguía. El 24 de junio de 2016, el presidente Barack Obama declaró el sitio Monumento Nacional.

Al respecto, ubiquemos el contexto histórico. El pueblo estadounidense vivía graves conflictos internos, principalmente, por las protestas en resguardo de las demandas de los afrodescendientes; el asesinato del dirigente pacifista Martin Luther King (1968), que encabezó la contienda por los derechos civiles para terminar con la segregación racial; las manifestaciones de rechazo a la presencia norteamericana en Vietnam, etc.

Durante décadas la persecución a homosexuales, bisexuales, lesbianas y transexuales generó un clima de intimidación hostil e incluso contó con el amparo de la autoridad estatal. Ese año la confrontación llegó a su punto más álgido con la “Revuelta de Stonewall” que contribuyó, de manera determinante, al nacimiento de una celebración que amerita masiva convocatoria en los más emblemáticos lugares del mundo.

A la luz de la evolución contemporánea y de las conquistas obtenidas por esta colectividad, podemos aseverar que existe -en amplios sectores de la sociedad- una mirada diferente a la acontecida en décadas pasadas. Las victorias legales en algunas naciones y, especialmente, la demostración pública de esta situación señala, entre otros acaecimientos, un cambio sustantivo.

No obstante, en el Perú el avance de esta causa ha estado colmada de adversidades; subsisten resistencias, desencuentros e intransigencias. Felizmente percibo en la mayoría de la juventud -y en ciertos ámbitos sociales y de la clase política- una actitud abierta y libre de prejuicios dispuesta a aceptar y respaldar la agenda LGTB.

En la capital peruana esta corriente apareció, lideradas por el Movimiento Homosexual de Lima (MHOL), de forma insipiente, allá por 1980 y gradualmente fueron consolidando su representatividad. Las organizaciones terroristas Sendero Luminoso (SL) y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) masacraron a cientos de homosexuales, lesbianas, travestis y transexuales como parte de las operaciones denominadas “limpieza social” y “cruzadas contra el vicio”, respectivamente. También intervinieron en estas criminales ejecuciones las fuerzas del orden. Uno de los hechos más impactantes aconteció el 31 de mayo de 1989 en Tarapoto (San Martín), entre muchísimos otros asesinatos incluidos en el documentado Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (2003) que recomiendo leer con diligencia, apertura y espíritu reflexivo.

Con motivo del “Día Internacional del Orgullo LGBT” (1995) -y de los sucesos de Stonewall- un reducido grupo de semejantes se convocaron en el Parque Kennedy del distrito de Miraflores (Lima), en una precursora movilización pública. Ha trascurrido bastante tiempo hasta llegar a la multitudinaria presencia que concentra en la actualidad.

La imponente “Marcha del Orgullo LGTB” -realizada el sábado 25 de junio simultáneamente en Lima, Arequipa, Puno, Trujillo y Tacna- configuró una impresionante fiesta cívica en la que jóvenes, niños, familiares y prójimos de diversas edades y procedencias decidimos sumarnos a un noble empeño que va más allá de sus protagonistas. Es un acto de reconocimiento a sus reivindicaciones y, por lo tanto, un gesto de empatía, tolerancia y coexistencia. Esas fundadas motivaciones me llevaron a participar en este encuentro que reunió aproximadamente a 100 mil personas en la tradicional Plaza San Martín del Centro Histórico de la “Ciudad de los Reyes”. Según diferentes informaciones ha sido la más grande de las efectuadas en una metrópoli de América Latina.

Es necesario asumir una actuación solidaria con un grupo estigmatizado, ignorado, agredido y percibido con desprecio e indiferencia. En tal sentido, el ejercicio de la “ciudadanía activa” debe comprometernos a soslayar desconocer esta lacerante realidad. Es una tarea de los hombres y mujeres que creemos en la igualdad como un valor para garantizar los derechos ajenos y en la convivencia como medio inequívoco de interacción.

Aspiro que el siglo XXI posibilite nuevos alientos, renovadas ilusiones y primordialmente convoque esfuerzos y voluntades en un país urgido de aprender a mirar al semejante por su condición humana. Todavía somos una nación invertebrada, insolidaria, compleja y atestada de abismos opuestos a la ansiada integración. Demostremos grandeza, amor y coherencia.

Una vez más, tengamos presente las pertinentes, valientes y esperanzadoras expresiones del Papa Francisco I (2020): “Las personas homosexuales tienen derecho a estar en una familia, son hijos de Dios, tienen derecho a una familia. No se puede echar de una familia a nadie, ni hacerle la vida imposible por eso”.

(*) Docente, comunicador y consultor en protocolo, ceremonial, etiqueta social y relaciones públicas. http://wperezruiz.blogspot.com/

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