Por: Vïctor Bazán
Ayer, entre las seis y las siete de la tarde, acompañé a vecinos de Lince, Balconcillo, Jesús María y San Isidro en un plantón pacífico en la intersección de las avenidas Javier Prado y Navarrete. Lo que observamos no fue simplemente congestión vehicular. Fue algo mucho más grave: la evidencia de que una de las arterias más importantes de Lima ha sido tomada por la informalidad ante la ausencia total de autoridad.
Esa intersección se ha convertido en un verdadero infierno urbano. Es caótica para peatones, peligrosa para ciclistas, hostil para personas con discapacidad e ineficiente para conductores y transportistas. Nadie circula con seguridad, nadie tiene prioridad real y nadie parece estar a cargo de poner orden.
Durante apenas una hora se pudo constatar un dato alarmante. Por cada bus de transporte público formal circulaban entre cuarenta y sesenta vehículos informales, entre autos colectivos y minivanes. Esto significa que gran parte de la capacidad de la vía está siendo utilizada por un sistema irregular, sin paraderos definidos, sin control efectivo y con maniobras constantes que destruyen la fluidez del tránsito.
La ingeniería vial moderna es clara al respecto. El especialista Fernando Tarquino, en su obra Ciencia y tecnología en la gestión operacional del tránsito en ciudades complejas, explica que la congestión no depende únicamente de la cantidad de vehículos, sino del orden del flujo. Paradas aleatorias, cambios bruscos de carril y grandes diferencias de velocidad pueden reducir hasta en setenta por ciento la capacidad real de una vía.
En términos simples, la avenida no colapsa porque falte pista, sino porque falta gestión.
Los estudios contemporáneos sobre tráfico urbano coinciden en un punto fundamental. Aumentar carriles o construir viaductos sin ordenar previamente el sistema produce lo que se conoce como demanda inducida. Es decir, más vehículos ingresan hasta que la congestión reaparece. Se invierte en grandes obras, pero el problema persiste.
Por ello resulta preocupante que, en lugar de atacar la causa del caos, que es la informalidad y la falta de gestión inteligente del tránsito, se plantee la construcción de viaductos elevados que, en la práctica, serán utilizados por los mismos vehículos que hoy generan el desorden.
La pregunta es inevitable. ¿Viaductos para quién?
Si la avenida ya está dominada por transporte informal, esas estructuras terminarán sirviendo a un sistema caótico, no a un transporte público eficiente ni a una movilidad sostenible.
Lima no necesita más obras monumentales de cemento. Necesita autoridad, planificación y tecnología.
Necesita un sistema de transporte masivo de alta capacidad, semaforización inteligente en tiempo real, paraderos formales y un control efectivo que elimine la informalidad que paraliza la ciudad.
Decir no a los viaductos no es oponerse al progreso. Es exigir soluciones reales.
Porque una ciudad moderna no se mide por la altura de sus obras, sino por la calidad de vida de sus habitantes.
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